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Las biografías más salvajes del rock.

Publicado: septiembre 19, 2011 en Uncategorized
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Nunca habrás leído tanta transgresión y semejante ejercicio de sinceridad. todo lo que los músicos se callan en las entrevistas lo cuentan en sus biografías. Nos hemos leído todas y hemos elegido las mejores y sus más sabrosos momentos. Relájate y lee… Por ‘Rolling Stone’

 

“Las mejores fiestas, las buenas de verdad, son aquellas de las que no te acuerdas, de las que únicamente te quedas con unas cuantas imágenes de lo que hiciste”. El que habla es un pendenciero, obviamente. Se llama Keith Richards y sólo con esos pequeños recuerdos de aquellas juergas se pueden completar un libro de cientos de páginas. Seguramente las biografías de leyendas del rock sea el género literario más en auge. Pocas vidas tan intensas como la de los músicos que han construido ese edificio lleno de habitaciones oscuras y misteriosas llamado rock and roll. Lo que viene a continuación es abrumador, tanto por el lado del exceso como por lo confesional y revelador. Elvis Presley, Keith Richards, Led Zeppelin, Mötley Crüe, Ozzy Osbourne, Kurt Cobain… Todos son iconos del rock and roll. Sus agitadas y confusas vidas dan fe de ello.

 

SEXO, por Lino Portela

Mmmm, el sexo. Esos cuatro segundos de orgasmo (para ellos) que consiguen que el mundo gire; que han hecho caer imperios, oscurecer mitos, escribir sabrosas biografías y componer canciones tan enormes como Smells like teen spirit. El gran éxito de Nirvana nació tras un polvo furtivo de Kurt Cobain con una amiga. A principio de los 90 el batería Dave Grohl y Kurt salían con dos chicas. Kathleen con Dave y Tobi con Cobain. “En una de esas desmadradas fiestas, Kathleen escribió con un spray en la pared del dormitorio la frase: ‘Kurt huele a ‘espíritu adolescente’ [Kurt smells like teen spirit]. Kathleen se refería a un desodorante para chicas, de modo que aquella pintada tenía sus implicaciones: Tobi utilizaba el desodorante llamado Teen Spirit (Espíritu adolescente)”. Al poco tiempo, Kurt, tras la ruptura con Tobi, escribió el clasicazo Smells like teen spirit. Se cuenta en Heavier than heaven; Kurt Cobain. La biografía.

Pero olvidemos por ahora el romanticismo. Látigos, sadomasoquismo, pornografía depravada, penes enormes, orgías, sexo oral masivo en jacuzzis y cunnilingus empapados en ginebra… En el universo rockero el sexo es tan importante como un riff de guitarra bien ejecutado o unos pantalones de cuero perfectamente ajustados. Luego detallaremos algunas de las infinitas aventuras de los salvajes Mötley Crüe, pero también hay multitud de, digamos, aficiones curiosas. Otros lo llamarían perversiones. Empecemos por las suaves, como las de Elvis Presley, que en sus primeros años de éxito, a mediados de los 50, disponía de un séquito de mujeres a su antojo.  “Disfrutaba de su vida de soltero y cuando se aburría no tenía más que decirle a los chicos que fueran a buscar algunas chicas al vestíbulo del hotel”, se cuenta en su biografía, Último tren.

Una de sus novias ofrece más detalles: “Lo que a Elvis le gustaba era tumbarse en la cama, mirar la tele, comer, hablar toda la noche -para él la compañía era tan importante como el sexo- y luego, en la primeras horas de la mañana, hacer el amor”. Subamos el nivel: Ray Charles se confiesa en su autobiografía Brother Ray. “En el tema de las mujeressiempre he estado fuera de control”, asegura, “y veo claro que mi larga lista de líos amorosos se cargó mi matrimonio.He conocido a más mujeres de las que puedo recordar. No lo digo por presumir, es un dato. Algunos se pirran por la ropa, otros ambicionan dinero, poder o una buena posición. Mi obsesión se centra en las mujeres, así era entonces y así sigue siendo. No soy capaz de dejarlas en paz. Así que no impuse reglas contra el despelote entre miembros de mi orquesta. ¿Cómo iba a imponer cosa semejante, con lo que me gusta follar? Parecería idiota y sería un hipócrita”.

Otro grande: Little Richard. “Mis actividades homosexuales por lo general se reducían a la masturbación”, cuenta él mismo en Oooh, my soul. La explosiva historia de Little Richard. “Me la machacaba seis o siete veces al día. Era una especie de masturbador profesional. También me gustaba mirar. A veces pagaba a un tipo con una verga enorme para que se acostara con todas aquellas mujeres mientras yo miraba. Mientras los miraba, me masturbaba al tiempo que alguien me mordisqueaba los pezones”.

Probemos algo más duro: “Kurt [antes de tener dinero] era un aficionado a la pornografía; estaba obsesionado con las nalgas femeninas, se había dedicado a fotografiar el trasero de [su novia] Tracy en varias ocasiones. El porno normal y corriente le parecía sexista, pero la pornografía desviada le cautivaba de la misma forma que un antropólogo se sentía atraído por tribus desconocidas. Kurt se quedaba embelesado en particular con las revistas que representaban lo que él llamaba ‘amor de mierda’, la obsesión sexual conocida formalmente como escatofilia. A Kurt le fascinaba todo aquello que se saliera de lo normal: todo lo que resultara anómalo, psicológicamente extraño o insólito”.

Algún músico aprendió muy pronto sobre cuestiones sexuales. Anthony Kiedis, de Red Hot Chili Peppersaún no había cumplido 12 primaveras cuando se inició en el coito, cuenta él mismo en su biografía, Scar tissue (Tejido cicatrizal, publicada sólo en inglés). No sólo eso: fue tirándose a una novia de 18 años de su padre, camello en Rainbow, el local donde tenías que ir si eras rockero en Los Ángeles, en los 70. Fue con el consentimiento del progenitor, claro.

Pero los reyes de la perversión y la diversión fueron Led Zeppelin y Mötley Crüe. Desfase sexual. El guitarrista de Led Zeppelin sentía pasión por los látigos. “Jimmy Page era muy romántico y podría hacerte sentir como una princesa”, cuenta la groupie Miss Pamela, en El martillo de los dioses, la biografía no autorizada del grupo. “Pero también le encantaba el rollo látigo y fustas. Solía llevar su arsenal de gira”, continúa Pamela. “Conocía a una chica que se hacía llamar Cenicienta. Jimmy solía atarla y darle con la fusta. ¡Y a ella le encantaba!”. Aun así, Jimmy no participaba en las orgías del resto de la banda, que siempre inventaban cosas nuevas. Como la famosa historia del tiburón.

Como se describe en El martillo de los dioses, ocurrió en 1968 en un hotel de Seattle y desde entonces aquel fue llamado El año del tiburón, con las diferentes teorías sobre el hecho: “No está muy claro lo que allí ocurrió”, se cuenta en la biografía. “Una chica, una groupie guapa, joven y pelirroja, acabó atada en una cama. El grupo troceó un pequeño tiburón que habían sacado del acuario del hotel y empezaron a meterlo por la vagina y el recto de la chica”. Richard Cole, mánager de la gira de ese año asegura que no fue así, quizá para quitarle alguna responsabilidad judicial al grupo inglés. “No fue Bonzo [John Bonham, batería], fui yo. Robert [Plant] y Bonzo no se enteraron de nada, eran críos. No troceamos el pequeño tiburón, sólo le metimos un poco la nariz y sí, ¡el tiburón estaba vivo!”. En el libro se habla de intentos de violaciones a periodistas (Ellen Sander, de la revista Life), noches de prostitución en París y despistes: Bonham llegaba a bares con la intención de acostarse con chicas, pero muchas veces acababa, por error, con transexuales.

Mötley crüe fueron en los años 80 igual o más viciosos que Page y compañía. La biografía de estos inadaptados, Los trapos sucios. La autobiografía de Mötley Crüe, está repleta de drogas, meteduras de pata y sexo despiadado. Como el día que, en la lujosa casa del productor de Queen, Roy Thomas Baker, el batería Tommy Lee invitó a una ronda de sexo oral a sus amigotes en el jacuzzi. “Nos metimos unas rayas en su piano transparente, nos desnudamos y nos metimos en el jacuzzi. Éramos unos 15 allí metidos, incluido Tommy, que estaba saliendo con una aspirante a actriz de Florida llamada Honey”, cuenta el bajista Nikki Sixx en el libro.

“De pronto, Tommy tuvo una erección tremenda, se volvió a Honey y le ordenó: ‘Muy bien, zorra, chúpame la polla’. Ella se inclinó y empezó a mamársela delante de todos. Cuando terminó Tommy la obligó a volver a empezar. Ella se puso a la faena, pero esta vez a Tommy le estaba costando más terminar, por lo que empezó a cabrearse y a echarle la bronca porque no lo hacía bien. Finalmente ella culminó el trabajo, tragando con gran consideración para no contaminar la piscina con los hijos nonatos de Tommy. Cinco minutos más tarde Tommy la hizo volver a empezar. Desde entonces muchos amigos adquirimos un nuevo respeto por Tommy”. Además, el ex de Pamela Anderson era generoso con sus amigos. “Tommy echó un vistazo al grupo de tíos metidos en el jacuzzi que le observaban conmocionados y le ordenó a Honey que diera una vuelta completa a la piscina, mamándosela a todos”.

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Tommy Lee, un tipo bien dotado (Foto: Vinnie Zuffante(Getty Images).

Al vocalista de heavy Ozzy Osbourne, aunque le suele fallar la memoria, en su libro I am Ozzy (Confieso que he bebido) da fe del descomunal tamaño del pene de Tommy Lee. También visitó la cámara del placer secreta que el batería tenía en su casa: “Mi hijo Jack tenía 13 años y fuimos juntos a casa de Tommy”, recuerda Ozzy en su libro. “Entonces Lee marcó un código en un teclado que había en la pared y se abrió una puerta secreta. Al otro lado había una habitación acolchada, una cámara del placer con una especie de arnés colgado del techo. La idea era que metías a una chica allí dentro, la atabas al armatoste aquel y te la follabas a muerte”. “¿Qué tienes contra las camas?”, le preguntó Ozzy a Tommy Lee. “Entonces me di cuenta de que mi hijo Jack había entrado en la habitación”, continúa. “Tenía los ojos como platos. Qué vergüenza: no sabía dónde meterme. Después de aquello no volví a llevarle a casa de Tommy”.

Mark Oliver Everett, alias Eels, era más patoso en su encuentros sexuales. Por lo menos en el colegio: “Me sorprendieron detrás de los arbustos del instituto bebiendo una botella de ginebra y haciéndole un cunnilingus a mi novia”, cuenta en su autobiografía Cosas que los nietos deberían saber. “Era lunes y ni siquiera habían dado las diez de la mañana. Nos llevaron al despacho del director donde volvieron a expulsarnos”.

Keith Richards, sin embargo, opta por la clase en cuanto a sexo oral se refiere. En un viaje escapada por España,Keith le birló la novia a su amigo Brian Jones: “Nunca en mi vida he dado un paso para enrollarme con una mujer, simplemente no sé cómo hacerlo. Mi instinto es dejarle hacer a ella. Me quedo sin palabras”, cuenta Keith en su autobiografía Vida. “Así que Anita [Pallenberg, entonces novia de Brian] movió ficha. Yo no podía entrarle a la chica de mi amigo. Anita, además, era muy guapa, y sin la supervisión de su chico fue ella la que tuvo los huevos de decir: ‘¡Al carajo todo!’. En el asiento trasero de aquel Bentley, en algún lugar entre Barcelona y Valencia, Anita y yo nos miramos: la presión era tan bestial que sin previo aviso se puso a hacerme una mamada. La presión se disipó (¡puf!) y de repente estábamos juntos”.

Algo más difícil lo tuvo Kurt Cobain para convencer a Courtney Love para tener su primera noche de sexo. Se cuenta en Heavier than heaven; Kurt Cobain. la biografía: “Kurt y Courtney se cruzaron miradas por primera vez a las 11 de la noche del viernes 12 de enero de 1990. En menos de 30 segundos estaban peleándose en el suelo”. Esto ocurrió en un club nocturno de Portland. “Te pareces a David Pirner, vocalista de Soul Asylum’, le dijo Courney  para provocarlo. Kurt, que por aquel entonces se lavaba sólo una vez por semana, respondió a Courtney con una de sus peculiares técnicas de aproximación. Derribó a Courtney y empezó a forcejear con ella en el suelo. Kurt no contaba con que ella le opusiera tanta resistencia. Ella le sacaba ocho centímetros y tenía más fuerza que él. ‘Pensé que se parecía a Nancy Spungen [novia de Sid Vicious]. Una de esas típicas tías punkrockeras. Me sentí atraído por ella. Seguramente había querido follar con ella esa noche, pero se largó’, dijo Kurt días después”.

“El segundo combate fue en mayo de 1991, durante un concierto de las L7. En Los Ángeles”, prosigue el libro. “Entre bastidores estaba Kurt bebiendo jarabe para la tos directamente de la botella. Courtney abrió su bolso y mostró un frasco de jarabe para la tos, de una marca más potente. Una vez más rodaron por el suelo, pero esta vez hubo más toqueteos. Según los que presenciaron la escena, había algo sumamente sexual entre ellos”. Días después empezaron a salir. Elvis fue otro que se lo tomó con calma con la que sería el gran amor de su vida: Priscila. Cuando se conocieron ella no había terminado el instituto. “Quiero estar a solas contigo, Priscila”, le dijo Elvis en la primera cita. Ella miró a su alrededor y no había nadie. Lo recuerda la propia Priscila en Último tren a Memphis:

– “Estamos solos”, le dije yo nerviosamente. Él se acercó un poco.

– “O sea, realmente a solas”, susurró. “¿Quieres subir a mi habitación?”. La pregunta me sumió en el pánico.

– “No hay nada que temer, cariño”. Mientras me hablaba me alisaba el pelo. “Te juro que no te haré ningún daño, cariño”. Parecía totalmente sincero. “Te trataré como a una hermana”. Aparté la mirada nerviosa y confusa.

– “Por favor”.

Y así lo hizo. “Todas las noches acabaron en su habitación”, continúa el libro. “Todas las noches acabaron abrazados. Él se mostró fiel a su promesa: no le hizo daño, no le haría daño aunque se lo suplicara. Era demasiado joven, según le dijo; quería que se mantuviera pura. Algún día llegará el momento”. Llegó la misma noche de bodas. Hasta entoncesElvis se seguía acostando con su anterior novia Elisabeth.

El mundo no va a cambiar, la ecuación sexo y rock tampoco. Así que relajémonos y aprendamos de nuestros mayores. Tiene la palabra Ray Charles: “Según mi experiencia, hasta las chicas más fuertes acaban por perderle el respeto a un hombre que se deje mangonear. Te tantearán un poco, a ver cómo reaccionas, pero a la hora de la verdad siguen prefiriendo que a al tumbarse el hombre se ponga encima”.

 

DROGAS, por Darío Manrique

La memoria, es de perogrullo, resulta fundamental a la hora de escribir una biografía. Por desgracia, la ingesta de sustancias (alcohol incluido) no es la mejor ayuda para recordar, por ejemplo, que esnifaste una hilera de hormigas y lamiste tu propia orina. Lo hizo Ozzy Osbourne en la piscina de un hotel y lo rememora Nikki Sixx, de Mötley Crüe, enLos trapos sucios. La autobiografía de Mötley Crüe.

“Dame el canuto. Me voy a meter un tiro [dijo Ozzy].

Le di el canuto. Ozzy se fue junto a una grieta en la acera y se inclinó sobre ella. Vi una hilera de hormigas dirigiéndose en formación hacia un pequeño nido en la arena, donde el asfalto se juntaba con el suelo. Y pensé: ‘No, no se atreverá’. Lo hizo. Se metió el canuto en la nariz y, con el culo blanco asomándole por debajo del vestido como una raja de melón, se metió en la napia la hilera entera de hormigas mediante una única y brutal inspiración. (…)

A continuación se levantó el vestido, se agarró el rabo y meó en el asfalto. Sin ni siquiera mirar a su cada vez más numeroso público -todos los de la gira le estaban observando, mientras las familias que había en la piscina fingían no hacerlo- se arrodilló y, empapando el vestido en el charco, se puso a lamerlo. Y no se limitó a tocarlo con la lengua,fueron media docena de largos y enérgicos lametones, como un gato”.

Osbourne no se acuerda, claro. Así lo explica en sus memorias, I am Ozzy (Confieso que he bebido): “Me preguntan: ‘Ozzy, ¿es cierto que esnifaste una raya de hormigas con un palito de polo?’. Y no tengo ni puta idea de si es verdad. Es posible, desde luego. Cada noche me metía cosas por la nariz a las que no se les había perdido nada por allí. Iba todo el rato ciego”.

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Ozzy esnifando Dios sabe qué (Foto: Chris Walter/Wire Image).

Tampoco Keith Richards puede presumir de buena memoria: “Algunas de las noches más salvajes que supuestamente he vivido me las creo sólo porque hay pruebas que corroboran que efectivamente ocurrieron. (…) Las mejores fiestas, las buenas de verdad, son aquellas de las que no te acuerdas, de las que únicamente te quedas con unas cuantas imágenes de lo que hiciste. ‘¡Ah!, ¿así que no recuerdas haber disparado con aquella pistola? Pues levanta la alfombra y mira los agujeros que hay en el suelo”. Curiosamente, y aunque le duró poco, el fiestero Richards era anti-drogas al comienzo de los Stones: en Vida, sus memorias, recuerda como una novia suya escondía su material cuando sabía que Keith iba a aparecer, para que no la sermoneara. Elvis Presley, por su parte, nunca cejó en su actitud prohibicionista: “Si tienes droga no se te ocurra ofrecérsela a Elvis”, advertían en los 50 sus primos -que trabajaban para él- a las chicas que iban a pasar un rato con él. Por eso no sorprende que en diciembre de 1970 le escribiera al presidente Nixon una carta, que se reproduce en Amores que matan, el segundo volumen de la biografía de Peter Guralnick. En ella, Elvis expone su “preocupación por nuestro país. La cultura de las drogas, los elementos hippies, el sindicato de estudiantes, los Panteras Negras, etc” y se ofrece a trabajar como agente federal, infiltrándose en algunos de esos grupos y “comunicándome con gente de todas las edades”. Presley consiguió ver a Nixon y que le diera una placa de la Oficina de Narcóticos (advirtiéndole, de paso, del peligroso “antiamericanismo” de los Beatles).

La verdadera tragedia de Elvis es que nunca aceptó su condición de adicto. “Tú no lo entiendes, no sabes lo que es llevar esta vida”, era su escudo ante cualquiera que le diera un toque de atención (incluido Kang Rhee, su admirado maestro coreano de kárate). Durante los 70 fue convirtiéndose en una farmacia ambulante: barbitúricos como el Seconal o el Tuinal, analgésicos (Demerol), anfetaminas, somníferos y antidepresivos se sumaban a la larga lista de medicamentos que tomaba para lidiar con sus diversas dolencias físicas. Su médico de confianza le administraba placebos para rebajar su dependencia, pero Presley se daba cuenta, se cabreaba (blandiendo en ocasiones sus omnipresentes pistolas) y le metía mano al maletín del doctor.

En la actitud de Elvis había mucho de autoengaño, pero también era el signo de los tiempos: eran drogas legales que se recetaban sin pudor. Incluidas las anfetas, el “perro negro” de Johnny Cash, que comenzó a tomarlas al principio de su carrera porque su entorno también lo hacía: “Con todos los viajes y al llegar cansado y abrumado a una ciudad, aquellas pastillas te despejaban y te hacían sentir ganas de actuar (…) Las de color negro podían llevarte en un Cadillac hasta California, y de regreso, sin pegar ojo” (Mark Everett, de Eels, cuenta un viaje similar en su Cosas que los nietos deberían saber con su única experiencia con el speed, gracias al que fue desde California a Texas sin parar: “Llegando a El Paso solté el volante y mis ojos, abrasados por la falta de sueño, empezaron a ver monstruitos verdes en el arcén”). El problema es que a Johnny se le fue la mano: “Compraba 200 o 300 pastillas, me dirigía al desierto en mi camioneta y me quedaba allí, colocado, todo el tiempo que podía. A veces durante días”, cuenta en Cash, sus memorias.

El Hombre de Negro consiguió dejarlo en 1967, aunque a principios de los 80 se enganchó a otros medicamentos con los que le trataban por el ataque de una avestruz del parque de animales salvajes que tenía en Casa Cash, un accidente que sólo puede sufrir una estrella del rock…

Las excusas para lanzarse a las drogas son variadas y dependen del carácter de cada músico. Una de las más extendidas es el “querer salir de mí mismo” que dice Keith Richards. O sea, el aburrimiento. Sólo así se pueden explicar las barbaridades de gente como Led Zeppelin o Mötley Crüe. Estos últimos eran una panda de indeseables, capaces de ofrecerle a su cantante, Vince Neil, una raya de coca justo después de que saliera de desintoxicarse. Neil, por supuesto, se la metió sin pensárselo dos veces. Eran viciosos por naturaleza, incluso antes de ser estrellas. Resulta muy significativo lo que cuenta Neil en Los trapos sucios. La autobiografía de Mötley Crüe sobre el primer dinero que ganaron como grupo, 50 dólares: “Estableciendo un patrón que repetiríamos durante toda nuestra carrera, a los pocos minutos nos habíamos gastado toda la pasta en una pila de cocaína que procedimos a esnifarnos en una única y serpenteante raya que ocupaba toda la mesa”.

En el caso de Led Zeppelin, la cosa oscila entre el oscuro misticismo mesiánico de Jimmy Page, que a partir de 1975 se encerraba en su oscura suite de hotel sin salir durante días, chutándose y leyendo sobre satanismo, y el batería John Bonham, que era más del tipo hooligan descontrolado: podía dedicarse a destrozar las habitaciones de un hotel japonés con una katana (incluida la del tranquilo John Paul Jones, al que sacó al pasillo sin que se despertara), o beberse 20 rusos negros -vodka y licor de café- y lanzarse a una espiral de violencia de la que sólo le sacaban sus propios guardaespaldas tras noquearle rompiéndole la nariz (ocurrió varias veces). Se cuenta en El martillo de los dioses.

Aunque tanto Bonham como Kurt Cobain encontraron el mismo final -una muerte temprana- la personalidad autodestructiva del líder de Nirvana era más silenciosa y atormentada. La de tomar heroína fue una decisión bastante consciente (y, por cierto, fue él quien arrastró a Courtney al caballo y no al revés: lo dice hasta Krist Novoselic en la biografía Heavier than heaven). En sus Diarios, Kurt lo achaca a una fuerte dolencia estomacal: “Había muchas veces que me veía literalmente incapacitado en la cama durante semanas, vomitando y muriéndome de hambre. Así que decidí que bien podría ser un yonqui si ya me sentía como tal”.

Resulta llamativa la actitud de Ray Charles, que en su Brother Ray admite sin moralinas (nada que ver con el ultra-religioso Cash, y más en línea con Keith Richards), que se metió en la heroína porque le dio la gana, insistiendo a sus músicos para que se la dieran a probar: “Nadie me obligó. Me lo busqué yo solito. No fue culpa de la sociedad, ni de un camello, ni de mi condición de ciego, negro y pobre. Fue sólo culpa mía. Y además -por raro que parezca- no me arrepiento. Fue una lección más de la vida; algo que hice y que superé y que ahora forma parte de mí”.

“Si Dios hizo algo mejor que la heroína, se lo quedó para sí mismo”, dijo el jazzman Charles Mingus. Y pese al aparente proselitismo de algunos músicos con el caballo, todos cuentan en sus biografías que, finalmente, tuvieron quedarle la patada antes de que la patada definitiva se la llevaran ellos, como les ocurrió a Kurt Cobain o Dee Dee Ramone, que falleció de sobredosis. Y eso que formaba parte de un grupo que prohibía las drogas y el alcohol bajo la férrea dictadura de Johnny… al menos antes de tocar: “No podrías dar un concierto de Los Ramones estando ciego”, se cuenta en De gira con Los Ramones.

Además, los rockeros enganchados eran siempre politoxicómanos: la heroína se acompañaba de muchas otras drogas, desde la cocaína al alcohol, pasando por todo tipo de pastillas, especialmente los Quaaludes, un sedante-hipnótico que se nombra en todas las biografías y que en Europa se llamaba Mandrax (nombre que Richards le puso a un barco suyo).

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El tipo que anda tirado en el suelo no es otro que Keith Richards (Foto: Henry Diltz/Corbis).

El terrorífico relato de cómo se pasa un mono ocupa muchas páginas en estos libros… igual que las subsiguientes recaídas. Es ya un tópico, ¿pero cómo es posible que Keith Richards, que dice que ha pasado “más monos que ramas hay en los árboles”, no acabara en la tumba? Él lo explica así en Vida: “Mi supervivencia no sólo lo atribuyo a la altísima calidad de las drogas que me metía sino también a que era muy meticuloso con cuánto me metía: nunca la he puesto un poco más para estar un poco más ciego”.  Y el segundo enigma de Keith Richards es cómo se libró de acabar en la cárcel en una época en la que los Stones eran el blanco principal de la policía de medio mundo. Pues con una combinación de buenos abogados y suerte. Sólo así se explica que saliera indemne de sus múltiples arrestos y de situaciones como la siguiente: grabando Some girls en un estudio parisino se quedó traspuesto bajo la consola, tras cinco días sin dormir. Al despertarse, se encontró a la banda musical de la policía municipal de París, que fue allí a grabar. “Me estaba meando, llevaba material encima (agujas y demás) y estaba rodeado de policías. Así que pensé: ‘Voy a ser muy inglés’. Salí de mi escondrijo, dije ‘¡oh, Dios mío, lo siento muchísimo!’ y, antes de que pudieran reaccionar, ya me había largado”.

Esa misma argucia, la de hacerse el inglés despistado, también le sirvió cuando en la gira del 75 la policía le paró en un poblacho de Arkansas:

Todo estaba lleno de drogas, hasta las puertas del coche: bastaba con desencajar los paneles para hallar las bolsas de plástico con coca, hierba, peyote y mescalina (…)  En los bolsillos de la gorra tengo hachís, Tuinal, algo de cocaína. Saludo a la policía quitándome la gorra con un delicado floreo que aprovecho para tirar las pastillas y el hachís entre los arbustos; ‘Buenos días, agente (floreo). ¡Ay, vaya por Dios!, ¿hemos contravenido alguna ordenanza municipal? Le ruego me disculpe…. Soy inglés… ¿Iba conduciendo por el otro lado de la carretera?”.

Keith Richards ha vivido para contarlo. Otros, bien es sabido, no han podido llegar a ese punto. Entre las múltiples tentaciones, los egos desmedidos, las ansias por experimentar, la ausencia de normas y una sensación general de inadaptación (“soy diferente a todo el mundo”), la vida de una estrella del rock no pone los mejores cimientos para poder evitar el embaucador espejismo de los narcóticos. Dejemos que sea el reverendo Cash el que diga la última palabra: “Las drogas traen consigo un demonio llamado Engaño. Piensas: ‘Si esto es tan malo, ¿por qué sienta tan bien?’. Yo me decía: ‘Dios lo ha creado, tiene que ser lo mejor de este mundo’ (…) La persona empieza a tomar las drogas, pero luego las drogas toman a la persona. Es lo que me ocurrió a mí”.

 

ROCK AND ROLL, por Ivar Muñoz Rojas

“Las canciones de Springsteen reafirmaban la idea de que el rock and roll era un conjunto de principios básicos que hacían que la vida valiera la pena. Uno podía considerar sus conciertos como una continuación de esa idea”. Dave Marsh, autor del libro Bruce Springsteen on tour. 1968-2005, escribió esto con motivo de un gran concierto de Springsteen en la gira de Darkness on the edge of town, pero sirve como explicación y a la vez pregunta sobre qué son esos principios básicos, qué es ese algo más que convierte la gran experiencia rock en algo inimitable e insustituible.

¿Es la creación? ¿Es la interpretación? ¿Es la comunión de un concierto? ¿Reside en una canción? ¿O en un momento fugaz, en un detalle? ¿Sucede en los dormitorios o en los estadios? ¿En los viajes en coche o en los bares? ¿Entre amigos o a solas? En realidad es todo esto, y es mucho más, y llevamos décadas intentando descifrar el elusivo ingrediente que genera o quita la magia en una experiencia musical.

Los asuntos rodeados de mayor mitología son los conciertos, seguramente por su carácter efímero y coyuntural. Pongamos el concierto de Elvis Presley en Vancouver el 31 de agosto de 1957, tal como lo recuerda el músico de su banda George Klein en Amores que matan: “[El coronel Parker, temido mánager de Elvis]…  subió al escenario porque estaba protegiendo su propiedad. Y dijo: ‘Muy bien, podéis quedaros ahí si os portáis bien y no destrozáis el escenario, de lo contrario el Sr. Presley no actuará’. Y le dice a Elvis: ‘Por favor, Elvis, no hagas una hora. Haz 30 minutos esta noche’. Elvis cantó unos 50 minutos y, cuando se fue, lo último que vimos fue cómo la gente tomaba el escenario: las partituras de música volaban, se llevaron los atriles, los instrumentos, las baquetas, todo lo que pudieron coger. Fue una noche de miedo”.

La gente no se iba a portar bien, no una vez que descubrieron que con el rock podían liberarse de las ataduras de las convenciones sociales impuestas por una generación, la anterior, que había envejecido de repente. “Hubo una tía que se tiró desde un palco del tercer piso a la muchedumbre que había debajo: a la persona sobre la que cayó le provocó graves lesiones y ella se rompió el cuello y se mató”, recuerda Keith Richards en Vida de uno de los primeros conciertos de los Rolling Stones en Inglaterra. De otro: “Me acuerdo de salir otra vez al escenario cuando ya habíamos terminado y la sala estaba vacía, ya habían recogido toda la ropa interior que nos habían tirado y demás. Andaba por allí un empleado ya mayor, el vigilante nocturno, que al verme me comentó: ‘Muy buena actuación, no ha quedado ni una sola butaca seca”.

Aquella histeria de los años 60, unida sobre todo a grupos como los Rolling Stones, los Beatles, los Doors… ha pasado a mejor vida, pero todavía nacen grupos que la provocan, que tienen ese algo más inexcrutable, como fue el caso de The Libertines a principios de la década pasada. Anthony Thornton, en su libro Bound together, recrea de manera magistral el mítico concierto que improvisaron en un pub la noche del día en que Peter Doherty salió de prisión por haber robado en casa de su compañero Carl Barât: “Intentaron empezar She loves you [de los Beatles], pero el público se abalanzó y se tragó literalmente el escenario. El efecto fue extraordinario. Docenas de personas no pudieron aguantar más y empezaron a llorar de alegría. Se habían perdonado todo. Habían dado lo mejor que eran capaces; no había marcha atrás”. Más tarde, esa misma noche, Thornton captura a Doherty y Barât “precipitándose a la calle, cogidos de los brazos gritando y cantando; eran imparables”.

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Eric Clapton, pensando en cómo huir de la fama (Foto: Michael Ochs Archives/Getty Images).

Momentos así son los que crean la mitología del rock. Aunque a veces el mito no se termine de ajustar a la realidad, como se puede comprobar al leer, en la biografía del genial batería de The Band, Levon Helm, This wheel’s on fire, la amargura que rodeó el veneradísimo último concierto de The Band con la formación original, registrado en el documental de Martin Scorsese The last waltz. “Durante dos horas, miramos mientras la cámara se centraba casi exclusivamente en Robbie Robertson, largos y enamorados primeros planos de su cara profusamente maquillada y su caro corte de pelo. La película se editó de manera que pareciera que Robbie dirigía la banda con las expansivas oleadas del mástil de su guitarra”. Por si fuera poco, Helm no escatima a la hora de contar cómo se “arreglaron” la grabación –y también varias imágenes– de The last waltz, dada la poca calidad del sonido original del concierto. Una desmitificación en toda regla.

Ahí está el caso de Bruce Springsteen, que, humilde, montó en cólera cuando vio las exageradas proclamas publicitarias que utilizó su sello para anunciar su mítico concierto en Londres, en el Hammersmith Odeon, en la gira deBorn to run de 1975 (incluido como disco y dvd en la reedición 20 aniversario del disco). Así lo cuenta Dave Marsh en el libro citado al inicio: “Evidentemente, el humor de Bruce tenía mucho que ver con las acusaciones de haber sido objeto de una promoción excesiva. CBS Internacional inundó la ciudad de carteles que rezaban: ‘Vi el futuro del rock and roll y su nombre es Bruce Springsteen’. Las paredes y las butacas del Hammersmith Odeon se llenaron de propaganda, que anunciaba su actuación con estas palabras: ‘¡Por fin! Londres está preparada para recibir a Bruce Springsteen”.

La hipérbole, que no es más que otra manera de contar la historia, ha acompañado al rock desde que la prensa especializada se ha dedicado a glosarlo. Pero, como vemos, no siempre ha venido desde esa dirección. Ha llegado de discográficas y de los propios fans (otro término indivisible del fenómeno rock), a veces de forma históricamente anónima, como la que desde las pintadas de las paredes londinenses clamaba en 1965 que Clapton era Dios. “Me enteré de que alguien había escrito la consigna ‘Clapton es Dios’ en una pared de la estación de metro de Islington”, cuenta el propio Eric Clapton en Clapton. La autobiografía: “Luego eso empezó a aparecer por todo Londres, igual que los grafitis. Yo estaba algo perplejo, y una parte de mí huía de aquello. En realidad, no quería ese tipo de notoriedad”.

Y eso fue lo que le hizo huir de The Yardbirds, huir de Cream, huir de Blind Faith, huir de Derek & The Dominos. ¿Por qué? ¿Cómo son los músicos, la matriz de todo este tinglado del rock? Para eso sirven las biografías, para intentar descubrir de dónde nace esa música. Las musas y Clapton remiten a Pattie Harrison. La historia es sabida: Eric estaba perdidamente enamorado de la mujer del beatle George Harrison y le escribió la canción Layla. “Me había convencido a mí mismo de que cuando ella oyera el disco Layla, con todas sus alusiones a nuestra situación, se sentiría tan abrumada por mi súplica de amor que dejaría a George y se vendría conmigo. Así que la llamé una tarde, y la invité a venirse a tomar un té y escuchar el disco nuevo. […] Pattie vino y escuchó el disco, y aunque creo que la conmovió profundamente que hubiera escrito todas esas canciones sobre ella, al mismo tiempo la intensidad que desprendían seguramente la aterrorizó”. Pattie siguió con Harrison, pero años más tarde se divorciaron y se pudo cumplir el sueño de Clapton: se casó con ella.

En su biografía, Clapton deja claves para entender cómo, en ocasiones, funcionan las musas, aunque sean musas trágicas como la muerte de su hijo Conor. “Levantaba la vista hacia el ataúd, y me era imposible decir nada. Lo enterramos en una parcela junto a un lateral de la iglesia y, cuando descendían el ataúd en la tierra, su abuela italiana se puso completamente histérica e intentó tirarse dentro de la tumba. Recuerdo que eso me consternó, puesto que a mí no se me daba bien exteriorizar mis emociones. No expresaba mi dolor así”, reconoce Clapton, que luego expresó su dolor en la canción Tears in heaven.

Pero no toda la creación surge del dolor. Gracias a la extraña “autobiografía no autorizada” (ironía del bueno de Ray) de Ray Davies, X-Ray, descubrimos cómo surgió ese himno rockero que es You really got me: “[…] De repente recordé todos aquellos canturreos en familia alrededor del piano, con mi padre emborrachándose y mis hermanas bailando con sus novios. Fotografié a Rene [una de sus hermanas] mirándolos. Después el tiempo se hizo un revoltijo y yo estaba actuando frente a un público. Esos aplastantes acordes empezaron a sonar en mis auriculares y en la primera fila de mi audiencia imaginaria vi a una chica. Todas las emociones que sentía estaban enfocadas hacia esa imagen, y nadie podía negarme ese momento. Me había inventado a mí mismo y a alguien para quien cantar”.

Un extraordinario intento de acercamiento a esos principios básicos que hacen que la vida –la música– valga la pena.  Y de acordes inmortales también tiene algo que decir Keith Richards, que da en Vida una detallista explicación decómo logró el sonido de las guitarras en casi la totalidad del gran Beggars banquet, “un sonido chirriante y sucio que surgió en moteluchos de mala muerte donde el único equipo que tenías para grabar era aquel invento nuevo, la grabadora de cintas”. Richards explica cómo, “tocando con la acústica, sobrecargabas la grabadora Philips hasta el punto de distorsión de modo que, cuando lo escucharas luego, de hecho sonara como una eléctrica; vamos, que usando la grabadora de pastilla y de ampli al mismo tiempo, forzando a la acústica a pasar por la grabadora, y lo que salía por el otro lado era eléctrico de cojones”.

También es el sonido de Jumpin’ Jack Flash, para él su mejor hallazgo: “Aquellos riffs fundamentales, maravillosos, que salían solos (no sé de dónde). Para mí han sido una bendición y no acabo de entender del todo cómo va. Cuando sale un riff como el de Flash te invade una sensación como de euforia, es una especie de júbilo bestial. Claro que luego viene lo otro: convencer al resto de que es tan magnífico como tú sabes a ciencia cierta que es. Tienes que comerte toda la mierda. Flash, básicamente, es Satisfaction al revés”.

A pesar de su contumaz consumo de todo tipo de sustancias durante las cuatro décadas posteriores, Ozzy Osbourne recuerda, en su autobiografía I’m Ozzy (Confieso que he bebido), cómo en 1972 apareció Paranoid para dar un vuelco a la historia de Black Sabbath y la suya propia. Tenían el disco War pigs grabado, pero la discográfica les pidió “un poco de relleno”. Así que, en lugar de comerse unos bocadillos que tenían a mano, “Tony [Iommi] empezó a tocar un riff de guitarra, Bill probó un par de redobles, yo me puse a tararear una melodía y Geezer se fue a una esquina a escribir la letra. Veinte minutos después teníamos una canción titulada The paranoid. Al final del día se había quedado enParanoid [que también fue el título del disco]. Siempre es igual con las mejores canciones: salen de la nada, cuando ni siquiera intentas escribirlas”. Pero cualquier generalización es falsa. Sabemos por el volumen I de las Crónicas, de Bob Dylan, que su música no salía de la nada, sino que surgió de un largo proceso de interiorización e intelectualización de un estilo elegido conscientemente y una herencia y un contexto socioculturales determinados.Dylan se fabricó a sí mismo –“yo sabía lo que hacía y no me iba a echar atrás por nadie”, dice–, se convirtió en lo que quiso ser y fue más allá. Y después rechazó todo. Y revela en Crónicas que su famoso accidente de motocicleta en 1966 ni fue grave ni nada por el estilo, pero funcionó a la perfección como puerta de escape de un mundo en el que ya no buscaba sobresalir, sino ni siquiera encajar: “Era como una conspiración: ningún sitio estaba lo bastante lejos como para poder huir”.

Otros no se separan nunca de esos “principios básicos que hacen que la vida valga la pena” que tan difícil resultan de descifrar y que, sin embargo, están en las páginas de todas estas biografías de las que se ha hablado aquí. No hay definición para el universo emocional creado a partir de una canción o el gozo de tocar y escuchar música. Es un territorio mítico.

Como lo era Woodstock para The Band, donde nacieron como grupo y donde grabaron aquellas canciones con Bob Dylan. Al recordar el suicidio de su amigo y compañero Richard Manuel, Levon Helm escribió: “The Band siempre habían tenido un pacto según el cual si uno de nosotros moría en la carretera de un ataque al corazón o una sobredosis o un novio celoso, o cualquiera de los motivos que puedan matar a un músico ambulante, el resto lo colocaría en hielo bajo el autobús de gira con los instrumentos y lo transportarían de vuelta a Woodstock antes de que la policía empezara a hacer preguntas”. Aquí también se encierra algo de ese misterio llamado rock.

 

 

Fernando Madina, líder de Reincidentes, replica en público al futbolista del Real Madrid: “Yo no soy rico, ni guapo y ni siquiera toco demasiado bien”. Por Rolling Stone

Carta abierta de un simple rockero a Cristiano Ronaldo

A la izquierda Fernando Madina, de Reincidentes, y a derecha el futbolista Cristiano Ronaldo. Dos guaperas.

Las recientes declaraciones del jugador del Real Madrid, Cristiano Ronaldo, están dando mucho que hablar. El portugués, cuando le preguntaron por qué cree que le pita la gente en los partidos, respondió: “Será porque soy guapo, rico y un gran futbolista, porque me tienen envidia. No tengo otra explicación”. A Fernando Madina, líder y bajista de Reincidentes, le han molestado mucho tales palabras y acaba de escribir una carta abierta al jugador del Real Madrid que no tiene desperdicio. El grupo tiene nuevo disco, Tiempos de ira. Y la carta dice así:

 

 

 

Carta abierta de un simple rockero a Cristiano Ronaldo
Señor Cristiano Ronaldo. Me presento. Me llamo Fernando Madina, soy de nacionalidad española-venezolana, resido en Sevilla hace 35 años y vivo de la música. Soy el bajista y cantante de un grupo de rock que se llama Reincidentes (algún futbolista que otro sabe de nuestra existencia).

Me dirijo a usted con la presente, para expresarle mi profundo desagrado, por no llamarlo directamente asco, a propósito de sus declaraciones tras el partido de Champions League que enfrentó al Real Madrid en Zagreb contra uno de los equipos locales.

“Creo que la gente me pita porque soy rico, guapo y juego muy bien” “Por eso me tienen envidia” . Mire, señor Cristiano. Yo no dudo de que usted sea ni rico, ni guapo, ni juegue estupendamente al fútbol. Pero quiero plantearle varias cuestiones:  

1.- Estamos viviendo un momento económico donde el hecho de ser rico, quizá no sea motivo simplemente de envidia, sino también de rabia, al darnos cuenta de que los simples trabajadores estamos pagando el precio de una gran crisis económica que no hemos generado, y viendo cómo gente que juega al fútbol, o invierte en bolsa, o simplemente explota al trabajador y elude sus compromisos con la Hacienda Pública, por no hablar de otras profesiones enriquecedoras y de dudosa honestidad (no es su caso), empiezan a derribar Estados enteros. Pero el hecho de que los futbolistas ganen cantidades desmesuradas de dinero, no hace más graves sus afirmaciones de lo que ya son. Aun así, pienso que son desmesuradas, aunque es cierto que ustedes producen también dinero.

2.- Lo de que es usted guapo, no lo pongo en duda, por supuesto, y que juegue muy bien al fútbol menos aún.

3.- Hay un punto en el que creo fundamental que usted reflexione: y se trata de la humildad. Le voy a poner un ejemplo. Cualquier ciudadano de este país y de muchos otros no podría creer que Andrés Iniesta, Xabi Hernández o Leonel Messi hubieran realizado este tipo de declaraciones. ¿Y sabe usted por qué? Porque son humildes. Porque no se creen el centro del universo deportivo, porque son jugadores de equipo, y porque antes de hablar piensan, que es algo muy importante (aunque dada la aparente capacidad intelectual de usted, permítame que dude de sus reflexiones).

4.- ¿No cree usted que quizá le piten en todas partes por su arrogancia, por su chulería, por su poca solidaridad con sus compañeros en momentos puntuales del juego, por sus declaraciones en prensa, radio y televisión? ¿Porque a usted sí, y a otros jugadores de fútbol de calidad más que contrastada no? ¿Nunca se lo ha preguntado?

En definitiva, señor Cristiano, a los buenos siempre les darán más patadas, pero usted ha demostrado con sus declaraciones que la gente le pita con razón, porque la gente sabe lo que usted piensa (no a nivel intelectual, lo cual permítame poner en duda). Y sepa usted que a la mayoría de la gente que seguimos el deporte, que lo amamos (el deporte), nos gustan los deportistas que hacen del deporte un ejemplo para los chicos que vienen detrás, con ilusión, y que con gente como usted y su actual entrenador, lo van a terminar de estropear todo: el compañerismo, el saber ganar, el saber perder, la solidaridad… los verdaderos valores de la competición.

Se despide de usted un rockero que no es ni rico, ni guapo y ni siquiera toca demasiado bien, la verdad…

Fernando Madina Pepper
Bajista y vocalista del grupo de rock Reincidentes

¿Os imagináis a Trent Reznor, Lady Gaga, Willie Nelson o Steven Tyler como alumnos, profesores o maestros de la escuela de magia Hogwarts? A J. K. Rowling, creadora de la saga, no se le ocurrió, pero en ‘RS’ nos sobra la imaginación. Por ‘Rolling Stone’

¿Y si las estrellas del rock aparecieran en Harry Potter? Así sería
Eddie Vedder clavadito a Gary Oldman, el actor que interpeta a Sirius Black. (Foto: Warner Brothers Entertainment/Kevin Mazur/WireImage)

¿Serán los rockeros fans de la saga Harry Potter? Aunque a priori no parezca muy buena combinación, en la práctica, como demostramos a continuación, hemos decubierto que hay un personaje de la saga hecho para cada músico. ¿O será al revés? Aquí dejamos nuestros divertidos montajes fotográficos. Ojo, ese eso: un juego que nos hemos atrevido a hacer para celebrar el estreno, hoy 15 de julio, de la última película de la saga, Harry Potter y las reliquias de las muerte: parte 2.

– Trent Reznor (Severus Snape):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/LesterCohen/WireImage).

El líder de la banda de rock industrial Nine Inch Nails, Trent Reznor, sería el profesor de pociones mágicas Severus Snape.

 

– Neil Young (Alastor ‘Ojoloco’ Moody):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/IsaiahTrickey/FilmMagic)

¿Qué pensará el cascarrabias de Neil Young cuando se vea caracterizado como Alastor ‘Ojoloco’ Moody?

 

– Jay Z (Kingsley Shacklebolt):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/MichaelTuliberg7GettyImages)

Le vamos a decir a Jay Z que deje el hip-hop y pase a ser funcionario del Ministerio de Magia, como Kingsley Shacklebolt.

 

– Steven Tyler (Sybill Trelawney):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/jefferyTuliberg/GettyImage).

A Steven Tyler le ha tocado ser la bruja Lola de Harry Potter, es decir, el profesor vidente Sybill Trelawney. La verdad es que le pega…

 

– Taylor Swift (Luna Lovegood):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/AndrewH.Walker/GettyImagesNorthAmerica).

La delicada estrella del country-pop en EE.UU, Taylor Swift, sería la rubia y excéntrica amiguita de Potter: Luna Lovegood.

 

– Rick Rubin (Rubeus Hagrid):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/ShareifZiyadat/FilmMagic).

Rick Rubin, famoso productor, seguro que llenaba el bosque de discos. Eso si fuera como su personaje, el guardabosques de Hogwarts, Rubeus Hagrid.

 

– Lady Gaga (Bellatrix Lestrange):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/DonArnold/WireImage.com)

Muy recatado el personaje de Bellatrix Lestrange para Lady Gaga. Eso sí: mortífaga (seguidora de Lord Voldemort) sería un rato la cantante…

 

– David Bowie (Draco Malfoy):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/RonGalella/WireImage).

A David Bowie le toca el papel de uno de los malos de la saga, Draco Malfoy. No sabemos si el rockero, a sus 64 años, está para estos trotes…

 

– Willie Nelson (Albus Dumbledore):

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(Foto: Warner Brothers Entertainment/JeffreyUfberg/WireImage).

Aquí lo hemos clavado. Willie Nelson es ¡igualito! al director de Hogwarts, Albus Dumbledore.

 

– Justin Bieber (Lord Voldemort):

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Te invitamos a un apasionante recorrido por los diez sitios más aconsejables de la Red en los que comprar camisetas de Queen, Elvis o Sonic Youth. Por ‘Rolling Stone’.

Las mejores tiendas 'online' de camisetas de rock
Dave Grohl las lleva, ¿por qué tú no?

Bathroomwall.co.uk
Las camisetas se clasifican por distintas categorías: con letras de canciones impresas, héroes de la guitarra, cantantes, baterías o bajistas. Esta web inglesa se publicita con el gran Dave Grohl, de Foo Fighters, con una de sus creaciones (foto, arriba).

 

 

wolfgangsvault.com
Esta web es una joya. Además de ofrecer las grabaciones de cientos de míticos conciertos de los años 60, 70 y 80, dispones de un interesante apartado de productos de márketing con pósters, entradas antiguas de conciertos y camisetas vintage. Como esta de Jefferson Airplane.

wolf

 

 

 

allposters.es
Tiene uno de los catálogos más extensos. De Hendrix a The Who pasando por esta de Lynyrd Skynyrd que solía llevar Earl, el protagonista de Me llamo Earl.

 

all

 

 

 

shirtcity.es
Los grupos de siempre (y más) con diseños diferentes. Una prueba:

 

shirtcitty

 

 

 

t-shirts.com
Ya no hace falta lavar la camiseta veinte veces para que se gaste y luzca una pinta chula. Los modelos vintagede esta tienda tienen el aspecto de haber sido usados para una decena de conciertos.

 

queencasiseta

 

 

8ball.co.uk
Desde camisetas con actitud política a las más socarronas del actor Mr. T (M.A. en El Equipo A). También de grupos, claro. Como ésta de Elvis, divertidísima.

 

elvis

 

 

 

 

 

rockabilia.com
Hay camisetas pero muchas cosas más ¿O no ibas a vacilar este verano con una chanclas de Van Halen?

 

van haleb

 

 

 

 

 

 

 

choppermonster.com
Su sede física está en Malasaña (Madrid). En esta famosa tienda puedes encontrar camisetas, calzado o decoración rockera. Buceando un poco por su web, nos tropezamos con esta maravillosa camiseta de Johnny Cash.

 

cash

 

 

 

nosolocamisetas.com
Fito o Javier Bardem gastan dinero en esta tienda, con sede en Valencia, de, sobre todo, camisetas. Tienen diseños inspirados en series o películas míticas (indispensable la de Los Goonies), personajes de cómic, músicos y lemas de los indignados. Abajo, Fito y Bardem enseñan las suyas.

 

fito

 

bardem

 

 

 

zonadecompras.com
Otra interesante tienda española donde puedes encontrar camisetas oficiales de los grupos. Original la de Sonic Youth.

 

zona